¿Dónde terminan las recomendaciones saludables y comienzan las inflexibilidades irracionales?
Sí, estimados seguidores, hoy voy a hablar de un tema delicado, porque de alguna manera nos puede afectar a todos aquellos que tenemos la vida saludable, lo que incluye la alimentación saludable y el ejercicio físico regular (entre otras cosas), como uno de los aspectos cruciales de nuestra vida. Dado que llevo 28 años empeñado en ayudar a las personas a mejorar su salud mediante hábitos de vida saludables y son muchos miles los que lo consiguieron, creo, modestamente, tener franqueza de expresión para abordar este tema.
Confieso que dedico tiempo a leer algunas etiquetas de productos alimentarios, aunque cada vez menos, porque lo ideal es utilizar lo menos posible los manufacturados (pero hay que estar al día por los pacientes). También confieso que entre ecológico y no ecológico me quedo con el primero. Y ya puestos a confesar, reconozco que el ejercicio físico está integrado en mi vida de manera casi tan natural como el comer. Añadiré, que los productos de la higiene personal y del hogar, procuro que sean de la mejor calidad posible, libres de sustancias químicas no deseadas. ¿Me estaré pasando?…
En el año 1997 el Dr. Bratman acuño el término “Ortorexia Nerviosa” juntando la palabra para ‘correcto’ del griego –orthos– con orexis -apetito-. No podemos obviar la cercanía con otra definición con la que estamos más familiarizados, la Anorexia Nerviosa. En principio la meta de la anorexia es perder peso (aunque hay muchas cuestiones de fondo como inductoras de esa posición que lleva la “inflexibilidad” hasta las consecuencias más trágicas) y la meta de la ortorexia es estar sano. La primera la asociamos fácilmente a problema psicológico y comportamental que pone en peligro la vida de quien la padece. Sin embargo, la segunda puede llegar a ser una “enfermedad disfrazada de virtud”, no es un trastorno fácil de diagnosticar, porque la gente se esconde detrás del ideal del “comer bien”. Además, comparte otra similitud con su “prima” la Anorexia Nerviosa, y es que en ambos casos quien la padece no lo reconocerá jamás, hasta que su vida esté en peligro, y en ocasiones ni así. Trataré de explicarme, querido lector, si tienes paciencia hoy para leer un poco más.
Una dieta basada en alimentos ecológicos y saludables nunca puede verse como negativa, y, aunque antes bromeaba con lo de “confieso”, tampoco lo son otras medidas racionales que buscan mejorar o mantener la salud. Creo que de hecho, el Dr. Bratman, que dicho sea de paso aprendió en carne propia la versión más integrista del problema que el mismo acuñó, negándose a comer, por ejemplo, vegetales si habían pasado más de 15 minutos desde el momento en el que los había cosechado, si que acertó a la hora de definir una realidad a la que podemos todos los que nos cuidamos, de verdad, ir abocados si no somos conscientes de la necesidad de ser: FLEXIBLES Y ADAPTABLES. Esta es la primera clave que distinguirá a alguien que tiene mucha conciencia de cuidar su salud (y la de su familia, si ellos quieren claro), de alguien que tiene Ortorexia Nerviosa. Muchas personas, por ejemplo, han observado que sin gluten y leche viven mejor, tanto física como mentalmente (yo me incluyo), aun sin tener alergia o intolerancia severa. Otros han observado que con los vegetales ecológicos tienen menos síntomas de dispepsia o de alergia, o incluso tienen mayor conciencia del cuidado del ecosistema. Genial!. Incluso quien decide ser vegetariano, o “macrobiótico” o hacer la dieta “ancestral” de Seignalet o la paleo, etc. Además, quien llevado por esa conciencia de alimentación saludable completa el planning de lo sano con el ejercicio físico. Todo esto son elecciones muy respetables… (con unas estaré más de acuerdo que con otras, aunque yo creo que no existe una buena para todo el mundo). El problema es cuando nos volvemos más y más obsesivos, más exigentes, más descalificatorios, vamos reduciendo poco a poco el grupo de alimentos que consumimos, limitando cada vez más la lista a lo que “uno” ha decidido que es “bueno y puro” para él o ella. Si un día tiene un leve “desliz” lo ve como una tragedia y llega un punto, cuando ya no tiene ningún “desliz” que se siente seguro y fuerte en su “parapeto de inflexibilidad” (este es un síntoma que quienes padecen anorexia comparten muchas veces, sentimiento de control absoluto de su vida, cuando es justo lo contrario…). Cuando no existe posibilidad de adaptación o de flexibilidad, debemos entender que existe un problema.
La segunda clave para entender que “algo va mal” es cuando toda nuestra vida queda supeditada a estrictas normas, de qué y cuándo comer, hasta el punto de que poco a poco uno(a) se va aislando socialmente, consciente de ello, pero deseoso(a) de que nadie le prive de “su comida” a “su hora”, planeando todo alrededor de ello. Se ha observado que quien presenta esta obsesión tiende a reducir cada vez más el grupo de alimentos “tolerables”, hasta que llega el momento en que resulta imposible tener una vida social o familiar normal. Pongamos un ejemplo: quizás alguien decida que para el o ella la comida que mejor le sienta es mucha verdura, proteína de calidad y grasas saludables (un poco “paleo” vamos). En este punto pudiéramos discutir sobre el interés de ciertas frutas, si no todas, o del consumo moderado de algún cereal salvaje (quinoa, sarraceno, arroz rojo…). Pero aun dando por buena dicha elección, dentro de las verduras, uno puede volverse muy restrictivo, o dentro de las proteínas decidir que no se quiere tomar ningún tipo de carne que no sea el pollo o el pavo y también descartar los pescados o los huevos, etc. Al final, uno se ve comiendo todos los días las mismas verduras y la misma proteína, y punto. Uno comprueba que su digestión así va bien, y claro está muy delgado o delgada (que muchas veces es lo que se busca disfrazado de “decisiones saludables”). Pero, no nos equivoquemos, estimados amigos, cuando uno se vuelve tan restrictivo e inflexible, termina presentando carencias, con resultados variados: inmunitario, como consecuencia de una flora intestinal excesivamente condicionada (no olvidemos que infinidad de estudios han indicado que la calidad y “variabilidad” en la alimentación dan lugar a un tipo de flora, y esta puede ser muy selectiva si comemos siempre lo mismo), nervioso, donde seguro se producirán distonías y problemas cognitivos, dermatológicos por falta de vitaminas del grupo B, etc. Además esto va asociado a otro problema. Cuando uno hace tan restringido el grupo de alimentos que come, no solo está el asunto de la carencia, sino del exceso. Por ejemplo, los ácidos grasos poliinsaturados son necesarios, en su justa medida, si uno se pasa el día añadiendo a todo aceites vegetales y semillas debe ser consciente de que tienen una acción inmunosupresora en dosis alta y mantenida (por eso van tan bien en patologías autoinmunes como la Esclerosis Múltiple o la Poliartritis).
En resumen, si cuidar nuestra salud significa no tener vida social y/o familiar, no poder escaparnos un día a un restaurante sin que “nos tiemblen las piernas” porque no podremos comer “justo” lo que queremos , o bien volvemos loco al personal del restaurante buscando “nuestra opción”, o luego nos quejamos por cualquier pequeño detalle con el que no contábamos o, en el colmo de la inflexibilidad, casi no comemos esperando llegar a casa para comer “lo nuestro”; si no nos podemos escapar a conocer otra cultura, otra región, otro país, adaptándonos en la medida posible a los cambios, sin estar sufriendo o hacer sufrir a quien nos acompaña, si mantener nuestro deseo explícito de qué y cuándo comer no nos deja romper la rutina y disfrutar a las doce de la noche de un paseo romántico y ¡porque no! tomarnos un helado frente a la playa (aunque sea de papaya y sin lactosa, je, je), si todo esto es para nosotros una “violación infranqueable”… entonces, querido amigo, una de dos, o nos vamos a vivir solos de ermitaños o nos lo tenemos que mirar.
Cuidémonos, comamos sano, hagamos ejercicio, pero por favor… evitemos los extremos, porque nos podemos hacer daño nosotros y/o hacérselo a los demás.
Un afectuoso saludo.
Felipe Hernández