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La experta española, una de las pioneras a nivel mundial en la investigación del cerebro de la mujer, nos guía por las claves científicas del proceso neurológico que se experimenta al convertirte en madre.

En el año 2017, la prestigiosa revista Nature Neuroscience publicó un estudio en el que se evidenciaba por primera vez algo que todas las mujeres ya intuían: que el embarazo conlleva cambios sustanciales y duraderos en el cerebro de la madre. Entre las autoras de este estudio tan importante se encontraba la doctora en Neurociencias y psicóloga clínica española Susana Carmona, que lidera el grupo de Investigación NeuroMaternal del Instituto de Investigación Sanitaria Gregorio Marañón de Madrid.

En el libro Neuromaternal (Ediciones B), la experta ha traducido a un lenguaje de divulgación los principales resultados de sus estudios, a los que podemos acceder desde un enfoque más técnico en su web. Hablamos con ella:

PREGUNTA. Hasta hace muy poco, los cambios que experimentaban las mujeres cuando se convertían en madres se comentaban, se debatían y se cuestionaban en el terreno de lo que cada una de ellas sentía individualmente. A grandes rasgos, ¿qué certezas está aportando la neurociencia al respecto?

RESPUESTA. Yo creo que la certeza principal es demostrar que el cambio que se produce a nivel cerebral durante la transición a la maternidad no tiene ningún otro paralelismo en la vida adulta. Es decir, no hay otro momento en el que el cerebro de una persona cambie tanto y tan rápido durante la adultez como sucede durante el embarazo. El embarazo conlleva cambios muy marcados y, además, son cambios dinámicos que se van adaptando a las diferentes fases (porque tienen muchísimas fases) y son duraderos. No parecen desaparecer tras dar a luz y volver a como estaba antes, sino que persisten; incluso hay estudios que dicen que de por vida.

P. Para entender mejor estos cambios, en el libro recuperas el concepto de ‘matrescencia’, acuñado en los años 70 por la doctora en Antropología Dana Rafael. ¿Qué defendía ese término en origen y por qué usarlo ahora para explicar estas investigaciones?

R. Se acuñó, como dices, por primera vez en los 70 para referirse al proceso de convertirse en madre. En nuestra sociedad nace un bebé y Dana Rafael reivindicaba, como en otras sociedades, la parte de que cuando nace un bebé nace una madre también. Ese proceso de convertirse en madre. El término se ha recuperado en los últimos cinco años por diferentes psicólogos y psiquiatras, y lo traigo a colación en el libro porque refleja muy bien este periodo de transición, este periodo de elevada neuroplasticidad. Crea una especie de paralelismo entre maternidad y adolescencia que subraya factores comunes en ambos periodos, como las grandes fluctuaciones hormonales, los cambios muy marcados en el cuerpo, el cambio a nivel de tu rol en nuestra sociedad (de niña a mujer y, ahora, de mujer a madre) y la sensación psicológica de tener que reencontrarte, de volver a definirte en ese nuevo papel.

P. ¿Cómo explicamos lo que pasa en el cerebro cuando te conviertes en madre a los que no estamos acostumbrados a analizar neuroimágenes. ¿Qué partes cambian? ¿Qué papel juegan las hormonas?

R. Lo primero es que, por sorprendente que parezca, el primer estudio sobre este tema lo publicamos en 2017. Ahora tenemos muchas piezas del puzle que encajan con lo que sabemos en modelos animales, pero aún nos quedan muchísimos estudios por realizar. Sabemos que durante la gestación se produce una reducción en el volumen de sustancia gris, que tiene un punto de inflexión alrededor del parto y luego incrementa ligeramente. Este cambio afecta a muchas regiones cerebrales, en especial a aquellas implicadas en el pensamiento interno, la percepción del yo, la empatía y la capacidad de ponerse en el lugar de otra persona. También sabemos que estas reducciones y estos incrementos facilitan el bienestar de la mamá y la vinculación con el bebé posterior, y que están correlacionados con los niveles hormonales durante la gestación. La placenta secreta una serie de hormonas que modifican todo el cuerpo de la mujer, ahora sabemos que también el cerebro, y esas modificaciones están dirigidas a facilitar el proceso de gestación y posparto.

P. ¿En qué etapas son más predominantes estos cambios?

R. Durante la gestación son muy marcados y debe haber ahí un cóctel de factores, porque también el volumen sanguíneo cambia, el sistema inmune cambia… No sabemos hasta qué punto es algo específico del sistema nervioso central, o algo que ocurre en todo el cuerpo y afecta al sistema nervioso central. Al final de la gestación hemos calculado una reducción del 5% en el volumen de sustancia gris; esto es una brutalidad. Y lo realmente impresionante es que los resultados son muy consistentes: podemos adivinar con un 100% de certeza si el cerebro de esa persona ha pasado o no por un embarazo, solo con las dos sesiones de imagen. Esto en neuroimagen es muy novedoso: suele requerir muchos participantes para promediar, pero esto se ve en una única persona, da igual si está en Madrid, Barcelona o California: se observa exactamente lo mismo.

P. ¿El tipo de parto influye en estos cambios?

R. Tenemos muy poquitos datos. En una publicación que hicimos en enero de 2024 analizamos si el tipo de parto tenía algún efecto en estos cambios. Con toda la cautela, porque el estudio no estaba diseñado para eso y la muestra es pequeña, observamos que no es tan importante el expulsivo como el hecho de ponerse de parto. La diferencia estaba entre las mujeres con cesárea programada y las que tenían parto vaginal o cesárea de emergencia (que se habían puesto de parto). ¿Qué quiere decir esto? Todavía es muy precipitado divulgar conclusiones: puede ser que el momento del parto, con sus características hormonales específicas, por ejemplo el pico de oxitocina, desencadene procesos cerebrales distintos a los de la gestación y al posparto.

P. Tras el parto, ¿podemos hablar de que el cerebro de una madre y su bebé están conectados sin que parezca que hablamos de algo de ciencia ficción?

R. Sí, podemos hablar de ello desde la neurociencia. Es cierto que sabemos muy poquito del embarazo y el parto, pero la psicología y la biología llevan muchos años demostrando cosas. Lo que uno siente se refleja en su cerebro, y en este caso los cambios se correlacionan con marcadas variaciones cerebrales. Hay estudios preciosos de Ruth Feldman sobre sincronización: cómo las ondas cerebrales, los latidos cardíacos o incluso niveles hormonales se correlacionan entre mamá y bebé, y también después con el papá o la pareja. El cuerpo de la mujer se adapta durante nueve meses para recibir señales del bebé y responder a ellas; cuando el bebé nace, sigue pudiendo regular el cuerpo de la madre. Por ejemplo, muchas mujeres, solo al oír el llanto de su bebé, se ponen a lactar: un estímulo auditivo desencadena una respuesta biológica clarísima.

P. Y, en relación con esto, ¿qué es el microquimerismo fetal y qué sabemos del papel que puede jugar en todo esto?

R. Parece ciencia ficción y no lo es. Es el hallazgo de segmentos de ADN del bebé circulando en el torrente sanguíneo materno durante la gestación. Esto se usa médicamente para detectar riesgos de patologías en el bebé mediante análisis sanguíneos. Hasta hace poco se pensaba que desaparecía tras el parto, pero hay evidencia (sobre todo en modelos animales y algo en humanos) de que ciertos segmentos en forma de células fetales se integran en tejidos maternos y se quedan de por vida. Un estudio de cerebros posmórtem de mujeres de 90 años encontró ADN con cariotipo masculino en madres de hijos XY. Muchas preguntas. ¿Cómo pasa eso al cerebro? No lo sabemos. ¿Pueden que lleguen de otra forma? No lo sabemos. Hay incluso una sentencia de alguien que había denunciado a otra persona porque no coincidía su ADN y lo que pasaba era que la mamá tenía mucho ADN del bebé.

P. En el libro explicas la importancia de las primeras horas posparto y la sensibilización maternal con las crías. ¿Qué sabemos en concreto de esas horas y qué relación guardan con la depresión posparto?

R. La depresión posparto y los problemas de salud mental son multifactoriales. Hay aspectos biológicos y determinantes en la experiencia de parto y en las primeras horas, y otros socioculturales (apoyo social, baja de maternidad…). Sí sabemos que una experiencia de parto percibida como traumática incrementa el riesgo de depresión posparto, lo que a su vez dificulta la vinculación con el bebé. Y esto no es algo que solo diga la neurociencia, hay estudios sociológicos y psicológicos al respecto. Hay muchos movimientos dedicados a cuidar el parto, no solo como proceso mecánico para “salvar al bebé”, sino también cuidando el bienestar de la madre, porque es determinante en cómo sea esa mamá para cuidar a ese bebé completamente dependiente.

P. Un 80% de las mujeres que se convierten en madres por primera vez comparte la sensación de una cierta “niebla mental” que repercute en su atención y memoria. ¿Qué evidencias neurológicas hay al respecto?

R. Han hecho falta muchas revisiones para integrar toda la literatura al respecto. A día de hoy sabemos que, durante el final del embarazo y el inicio del posparto, las mujeres puntúan más bajo en escalas de memoria cuando los ítems no están relacionados con el bebé. ¿Factores? La falta de sueño… y luego nuestros recursos cognitivos son los que son y el bebé secuestra gran parte de ellos. Si el bebé se queda con el 50% de la tarta, tenemos que funcionar con el resto del mundo usando el otro 50%. Además, gestar y los primeros meses de posparto son muy demandantes a nivel energético y metabólico. Dicho esto, es un fenómeno limitado a embarazo y posparto temprano. Estudios a más largo plazo ven efectos contrarios: mejora cognitiva, mayor flexibilidad mental y mejores funciones ejecutivas en mujeres que han sido madres frente a las que no. Aquí podemos divagar qué parte es biológica, qué parte es ambiental…

P. Se necesitarían estudios muy a largo plazo…

R. Claro, lo que nos ha pasado es que nunca hemos podido hacer estudios longitudinales tan largos. Sí hemos podido coger diferentes ventanitas en el tiempo. Hay un grupo de investigadoras que han analizado mujeres de 50, 60, 70 años y ven que aquellas que han sido mamás muestran rasgos cerebrales más jóvenes que las que no han sido mamás, y además muestran funciones cognitivas mejores que las que no lo han sido. Y a partir de ahí postulan varias hipótesis. La primera es que todo el proceso inmunológico y hormonal por el que pasa el cerebro durante la gestación deja un cierto remantente que te protege durante la menopausia y te protege frente al deterioro cognitivo. Sería la más biológica. Luego está la más psicológica, que es que ser mamá al final es una especie de entremanmiento cognitivo constante, te puede llevar a tener tal vez una vida más saludable (aunque todos tenemos la sensación de que vayamos estresados), y eso te obliga a organizar tareas, ser flexible y al ejecutar y tener que estar entrenando constantemente esas funciones. Hay diferentes hipótesis y ahora estamos creando una base de datos longitudinal para testarlo con más mujeres y a lo largo de más tiempo.

P. ¿Hay estudios similares que analicen los cambios en el cerebro de hombres, madres adoptivas o madres no gestantes?

R. Sí. Nuestra última publicación aborda este tema. Primero te comento sobre los padres. Hay cambios en ellos, pero son menores, más sutiles y menos consistentes: más variabilidad. ¿Significa esto que los padres no puedan cuidar? No. Los cambios facilitan el inicio de la conducta maternal, pero al final la interacción con el bebé es clave y los papás pueden llegar al mismo punto por otra vía. Siempre pongo el ejemplo de la leche: la gestación prepara la mamá para poder alimentar al bebé. ¿Quiere decir eso que si no hay leche materna, ese bebé no puede ser cuidado por un papá o por otras fórmulas? Pues no, es otra ruta. Cuando comparamos mujeres gestantes con mujeres no gestantes controlando el sesgo de género (parejas lesbianas, una gesta y la otra no), los resultados son clarísimos: las reducciones de sustancia gris marcan a las que gestan; las no gestantes no muestran nada similar. Es un proceso biológico que ocurre al gestar.

P. ¿Qué grandes incógnitas os gustaría ser capaces de responder dentro de diez años?

R. Una línea principal es poner en contexto los cambios del sistema nervioso central con los de la periferia: sabemos que lo que sucede fuera del cerebro es bestial y queremos ver cómo interactúa. Otra pregunta: ¿podemos usar estos hallazgos para prevenir la depresión posparto antes de que aparezca? ¿Podemos tener marcadores de riesgo y actuar o desarrollar tratamientos dirigidos específicamente a esta patología? Y, en general, hacer la continuidad entre todas las etapas de grandes mutaciones hormonales que afectan a las mujeres: sabremos poco del embarazo y la maternidad, pero aún menos de la menopausia o incluso de la menstruación y los anticonceptivos. Esa es la línea temporal que queremos explorar.

https://www.elconfidencial.com/salud/2025-07-09/entrevita-susana-carmona-neurociencias-conexion-cerebro-madre-bebe_4164301