por William B. Grant

El artículo sostiene que en 2025 las recomendaciones sobre vitamina D deberían basarse más en estudios observacionales (niveles reales en sangre y salud) y menos exclusivamente en ensayos clínicos aleatorizados (RCT), porque estos últimos están diseñados para fármacos y no funcionan bien para nutrientes.
- Niveles más altos de 25(OH)D se asocian con menor riesgo de morir por muchas de las principales causas, como ser:
- cáncer
- COVID-19
- ictus
- enfermedades respiratorias
- Alzheimer
- diabetes
- enfermedad renal
- Las guías de 2024 recomendaron solo 600-800 UI/día, basándose casi únicamente en estudios sobre huesos y raquitismo.
- Sin embargo, datos recientes sugieren que:
- ~2000 UI → niveles >30 ng/mL
- 4000-6000 UI/día → niveles 40-70 ng/mL y mayor protección general
- personas obesas así como más vulnerables, inmuno deprimidas, ancianas, etc necesitan más
Problema de los ensayos clínicos clásicos
Muchos RCT sobre vitamina D fallan porque:
- incluyen personas que ya tienen niveles suficientes
- el grupo control también toma vitamina D
- analizan como si fuera un medicamento
Para nutrientes esto es incorrecto.
Deben estudiarse según niveles alcanzados en sangre, no solo dosis.
Nuevos hallazgos (2025)
En 2025 se han obtenido nuevos hallazgos gracias a estudios poblacionales extensos que han demostrado:
- menor mortalidad cardiovascular, respiratoria y renal con >30 ng/mL
- menos diabetes tipo 2 y trastornos tiroideos con niveles altos
- en embarazo: niveles bajos iniciales aumentan complicaciones aunque luego se suplementen
- ~70-80% de embarazadas presentan deficiencia
- en menopausia: niveles bajos → menos estrógeno y más síntomas
Este artículo nos plantea puntos clave que traen una vez más a la luz la necesidad de reconsiderar los valores que hasta ahora se asumían como idóneos para la totalidad de la población.
Por un lado, es bien sabido ya que la vitamina D tiene efectos en todo el organismo, no sólo en los huesos. Por otro lado, los ensayos clínicos aleatorizados (RCT) no son de gran utilidad cuando se trata de nutrientes, mientras que en el caso de los estudios observacionales, sí es posible demostrar causalidad si se los combina con criterios biológicos.
Otro punto clave es respecto a los niveles plasmáticos, que probablemente deban ser más altos que los actualmente indicados por las guías clínicas y protocolos.
Sin dudas, el considerar una reforma y actualización de las recomendaciones respecto a la vitamina D debería ser una motivación hacia la búsqueda de una mejoría en la salud pública y a la vez una reducción de los costos médicos.
Reflexión final:
El texto es una reflexión sobre las necesidades actuales de vitamina D, con la evidencia de que mantener niveles sanguíneos más altos de vitamina D (≈40-70 ng/mL) ofrece amplios beneficios para la salud. Si bien esto es algo que en la clínica diaria se percibe de modo incremental desde hace unos diez años, hasta ahora eran necesarios estudios que evidencien la necesidad de modificar los niveles de «normalidad».
Desde la medicina funcional, siempre hemos sido conscientes de la diferencia entre niveles «normales», que generalmente no suelen coincidir con lo que tenemos como objetivo para nuestros pacientes, que es aspirar a niveles «óptimos». Las guías actuales subestiman esto porque dependen de ensayos clínicos inadecuados para estudiar nutrientes, lo cual hace que considerar cualquier modificación en los niveles considerados como normales se vuelva una larga lucha de muchos años hasta ver cambios.
Este tema sigue siendo un punto de debate científico, con muchas dudas y faltas de pruebas que lo justifiquen, mientras que lo que sí es seguro es que los parámetros actuales no son suficientes para mejorar la salud de la población, y que además los costos sanitarios son mucho más altos de lo necesario, y que pequeños cambios (que tampoco darían costo añadido ni riesgo a la población) sí evitarían tantas complicaciones de salud (a nivel de sistema inmune y de prevención de la estructura ósea a lo largo de la vida).