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Un estudio internacional sugiere que la composición de la microbiota intestinal podría convertirse en una herramienta clave para detectar de forma precoz el desarrollo de la enfermedad de Parkinson (EP), incluso años antes de que aparezcan los síntomas motores característicos. La investigación apunta a que ciertas alteraciones en las bacterias del intestino se asocian tanto a la progresión de la enfermedad como a fases muy tempranas en personas todavía asintomáticas.

El trabajo, publicado en Nature Medicine y basado en el análisis de datos clínicos y metagenómicos de 271 pacientes con párkinson, 43 portadores de variantes del gen GBA1 sin síntomas y 150 personas sanas, muestra que aproximadamente un 25% del microbioma intestinal presenta un patrón intermedio en los individuos genéticamente predispuestos pero aún sin enfermedad.

Este hallazgo es relevante porque las variantes del gen GBA1 constituyen el factor de riesgo genético más frecuente para el párkinson, aumentando el riesgo hasta 30 veces. Sin embargo, solo entre un 10% y un 20% de estos portadores desarrollan la enfermedad a lo largo de su vida, un fenómeno que hasta ahora no estaba bien explicado.

Un «estado intermedio» entre salud y enfermedad

Según los resultados, la microbiota de los portadores de GBA1 sin enfermedad no es completamente sana ni patológica, sino que se sitúa en un punto intermedio entre los controles y los pacientes con párkinson. Este patrón sugiere que el intestino podría reflejar procesos biológicos tempranos relacionados con la neurodegeneración.

Además, las alteraciones identificadas no solo se observan en personas con riesgo genético, sino también en un subgrupo de individuos sanos sin predisposición conocida, lo que podría indicar la influencia de factores ambientales o aún no identificados.

El estudio también encontró que estas alteraciones del microbioma están asociadas con síntomas prodrómicos del párkinson, es decir, señales tempranas que pueden aparecer años antes del diagnóstico, como trastornos del sueño REM, estreñimiento o alteraciones autonómicas.

En pacientes ya diagnosticados, una mayor alteración de la microbiota se correlacionó con una mayor gravedad de estos síntomas no motores, lo que refuerza la hipótesis de que el eje intestino-cerebro desempeña un papel importante en el desarrollo de la enfermedad.

Los investigadores validaron sus resultados en tres cohortes independientes de Estados Unidos, Corea del Sur y Turquía, que incluyeron en total 638 pacientes con párkinson y 319 controles sanos. En todos los casos se observaron patrones similares de disbiosis intestinal, lo que refuerza la consistencia del hallazgo.

Hacia un posible marcador temprano de párkinson

El estudio sugiere que la microbiota intestinal podría convertirse en un biomarcador temprano del párkinson, capaz de identificar a personas en riesgo antes de que aparezcan síntomas clínicos. Esto incluiría tanto a portadores de variantes genéticas como a individuos sin riesgo conocido.

Los autores destacan que esta aproximación podría ayudar a explicar por qué no todos los portadores del gen GBA1 desarrollan la enfermedad y abrir la puerta a estrategias de prevención más personalizadas.

A pesar de los resultados prometedores, los investigadores advierten de varias limitaciones: el diseño transversal del estudio no permite establecer causalidad, el grupo de portadores sin enfermedad es relativamente pequeño y se necesitan estudios longitudinales para confirmar si estas alteraciones predicen realmente el desarrollo del Parkinson.

El siguiente paso será seguir a estas poblaciones durante años para determinar si los cambios en la microbiota preceden de forma consistente al inicio de la enfermedad.